AI y la (des)conexión: la inteligencia artificial necesita algo que no puede generar por sí sola, el diálogo humano

Por Gloria Guerrero

Vivimos en una época en la que la inteligencia artificial está transformando la manera en que trabajamos, aprendemos, accedemos a servicios públicos y tomamos decisiones. La velocidad con la que estas tecnologías evolucionan ha llevado a gobiernos, empresas y organizaciones internacionales a concentrar buena parte de sus esfuerzos en resolver desafíos técnicos: mejorar modelos, aumentar capacidades computacionales, desarrollar nuevas regulaciones o construir infraestructuras digitales más robustas. Sin embargo, en medio de esta aceleración tecnológica, existe un riesgo mucho más profundo y menos visible: que avancemos hacia un futuro cada vez más inteligente desde el punto de vista tecnológico, pero cada vez más desconectado desde el punto de vista humano.

La conversación global sobre inteligencia artificial suele girar alrededor de algoritmos, datos y capacidades técnicas. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre las condiciones humanas que hacen posible que estas tecnologías contribuyan realmente al bienestar colectivo. La inteligencia artificial no se desarrolla en el vacío. Surge de decisiones humanas, de prioridades políticas, de relaciones de poder y, sobre todo, de la manera en que como sociedad dialogamos sobre el futuro que deseamos construir.

El verdadero desafío no consiste únicamente en desarrollar mejores sistemas de inteligencia artificial, sino en preservar nuestra capacidad de conversar y escuchar(nos) mientras lo hacemos.

Paradójicamente, la misma tecnología que promete conectar al mundo también está modificando la forma en que nos relacionamos entre nosotros. Los espacios de deliberación pública son cada vez más fragmentados. Las plataformas digitales privilegian la velocidad sobre la reflexión, la inmediatez sobre la comprensión y la confrontación sobre el encuentro. En un contexto marcado por la polarización y la sobreabundancia de información, escuchar opiniones distintas comienza a percibirse como una amenaza en lugar de una oportunidad para aprender.

Esta tendencia representa un desafío fundamental para la gobernanza de la inteligencia artificial. Ningún marco regulatorio, por sólido que sea, puede responder por sí solo los dilemas éticos, sociales y políticos que acompañan el desarrollo tecnológico. Las decisiones sobre qué datos utilizar, qué riesgos priorizar, qué valores proteger o qué impactos son aceptables, requieren procesos permanentes de diálogo entre actores con perspectivas, conocimientos e intereses distintos.

La gobernanza efectiva no consiste únicamente en establecer reglas. Consiste en construir confianza.

La confianza, sin embargo, no puede imponerse mediante legislación ni desarrollarse exclusivamente a partir de capacidades técnicas. Es el resultado de procesos sostenidos de participación, transparencia y escucha. Surge cuando las personas sienten que sus experiencias son tomadas en cuenta, que sus preocupaciones son reconocidas como legítimas y que existen espacios donde las diferencias pueden convertirse en soluciones compartidas.

La historia del desarrollo demuestra que las transformaciones más sostenibles nunca han sido producto de respuestas impuestas desde arriba. Han surgido de procesos colaborativos donde gobiernos, sociedad civil, academia, comunidades y sector privado construyen soluciones desde sus distintas capacidades y conocimientos. La inteligencia artificial no debería ser una excepción.Con frecuencia asumimos que el desacuerdo representa un obstáculo para avanzar. En realidad, ocurre lo contrario. Las diferencias de opinión son una condición necesaria para construir tecnologías más responsables. Cuando todas las voces piensan igual, los sesgos permanecen invisibles. Cuando solo participan quienes desarrollan la tecnología, quedan fuera quienes experimentan sus consecuencias. Cuando las decisiones se toman únicamente desde una perspectiva técnica, inevitablemente se dejan de lado dimensiones sociales, culturales y éticas que también determinan el impacto de estas herramientas.

La diversidad de perspectivas fortalece la calidad de las decisiones.

Esto resulta especialmente relevante para América Latina y el Sur Global. Durante décadas, las soluciones tecnológicas han sido diseñadas desde contextos muy distintos a las realidades donde posteriormente son implementadas. Como consecuencia, muchas veces reproducen modelos culturales, económicos y sociales que no reflejan las prioridades de nuestras comunidades. Si los datos representan una visión del mundo, como hemos aprendido a lo largo de los debates sobre gobernanza de datos, entonces resulta indispensable preguntarnos quién está contribuyendo a construir esa visión y quién continúa siendo excluido de ella.

El futuro de la inteligencia artificial dependerá tanto de la diversidad de los datos como de la diversidad de las conversaciones que permiten interpretarlos.

Escuchar no significa simplemente permitir que más actores participen en una consulta pública. La escucha activa implica reconocer que ninguna institución, disciplina o sector posee por sí solo todas las respuestas. Requiere la disposición de cuestionar nuestras propias certezas, incorporar evidencia distinta a nuestras experiencias y aceptar que las mejores soluciones suelen construirse colectivamente.

Esta forma de colaboración exige una habilidad que pocas veces aparece en las estrategias nacionales de inteligencia artificial: la empatía.

La empatía no representa una cualidad secundaria frente al conocimiento técnico. Constituye una capacidad estratégica para la gobernanza digital. Permite comprender cómo una misma tecnología puede generar beneficios para algunas personas y riesgos para otras; ayuda a identificar impactos que no aparecen en los indicadores tradicionales y facilita la construcción de consensos en contextos donde los intereses son legítimamente distintos.

En un momento donde la inteligencia artificial comienza a participar en decisiones relacionadas con salud, educación, empleo, protección social o acceso a servicios públicos, comprender las distintas experiencias humanas deja de ser un ejercicio deseable para convertirse en una responsabilidad colectiva.

Por ello, el desarrollo de capacidades para la era de la inteligencia artificial no debería limitarse a formar especialistas en ciencia de datos, aprendizaje automático o programación. Necesitamos fortalecer capacidades para el diálogo, la deliberación pública y la construcción de acuerdos. Necesitamos instituciones capaces de facilitar conversaciones complejas entre sectores con prioridades diferentes. Necesitamos liderazgos que comprendan que gobernar tecnologías también implica gobernar relaciones humanas. Invertir en estas capacidades es tan importante como invertir en infraestructura digital.

Del mismo modo que hablamos de ecosistemas de datos, deberíamos comenzar a hablar de ecosistemas de confianza. Espacios donde la innovación pueda avanzar sin dejar atrás la participación ciudadana; donde la evidencia dialogue con el conocimiento local; donde las diferencias no sean percibidas como una amenaza, sino como una fuente de aprendizaje colectivo y permanente.

La inteligencia artificial continuará evolucionando a un ritmo acelerado. Los modelos serán más potentes, las infraestructuras más sofisticadas y las aplicaciones más numerosas. Sin embargo, ninguna innovación tecnológica podrá sustituir aquello que ha permitido históricamente a las sociedades enfrentar sus mayores desafíos: la capacidad de escucharse, deliberar y construir soluciones en conjunto.

El futuro de la inteligencia artificial no dependerá únicamente de la calidad de nuestros algoritmos. Dependerá, sobre todo, de la calidad de nuestras conversaciones. Porque la mayor fortaleza de la inteligencia artificial nunca será su capacidad para responder preguntas, sino nuestra capacidad para seguir haciéndonos preguntas unos a otros. Y ese futuro comienza recuperando algo que ninguna máquina puede reemplazar: la voluntad de dialogar.